la cosa está malamente

la cosa está malamente

08 septiembre 2013

No vuelvo más a acostarme recién cenado

Me encontraba contento en una guagua turística con más personas, conocidas y desconocidas, de gira por alguna provincia costera de Colombia que tenía un indudable parecido con el norte de Tenerife. Había piscinas de agua salada como son habituales en el norte de las islas, de las que disfrutaban una nutrida cantidad de bañistas.

Sin entender porqué, el conductor decidió llevar su vehículo por una de las paredes de callao que separaba sendas piscinas. La anchura de la misma era, a simple vista, insuficiente para la circulación de ningún vehículo mayor que una bicicleta.

Así pues, pasó lo que tenía que pasar, la guagua volcó hacia un lado e inmediatamente se inundó. Afortunadamente, había poca profundidad. Pese a todo, me vi haciendo la reanimación cardiaca a una mujer y a una niña, para lo cual usaba, sorprendentemente, apenas cuatro dedos de cada mano, con cada una de las infortunadas, situadas a diestra y siniestra, ante los asombrados ojos de otro de los viajeros.

La cosa debió de terminar bien, porque inmediatamente después me vi de fiesta en un pub del mismo país. Había poca gente, pero teníamos buen ánimo. De hecho, a mi amigo Nico, no se le ocurre otra cosa que acercarse a una pareja y situándose detrás de ella, la abrazó sujetándola de los antebrazos. Su maromo respondió inamistosamente y blandió una botella de cerveza, a lo que Nico respondió con similar gesto esgrimiendo una botella de agua de Firgas (con gas). Tomaron pose de duelo a espada y cruzaron sus vidrios. En ese momento, el colombiano se transmutó en un tipo alto rubicundo y con gafas. Concretamente en Edward Snowden. Ambos se deshicieron en carcajadas para tranquilidad de todos.

Quedando el asunto resuelto, me dirigí a la salida, pero antes de llegar a la calle, entró un atracador que se asemejaba mucho al protagonista de la serie “los hombres de Paco”, y sacó una pistola con la que apuntó a la tripa de mi amigo José Miguel (arma que fallaba y se le cayó torpemente), pero inmediatamente y con gran maestría, (sin duda adquirida a lo largo de toda una vida dedicada al crimen), sacó otra más pequeña con la que amenazó a mi a migo y a mí. Nos vimos fuera y nos “invitó” el citado malhechor a entregarle cuanto tuviéramos de valor. Yo tiré mi reloj, (que curiosamente, apenas tiene valor), y no sé el porqué, comenzó a dispararme y yo a huir a la carrera por un barrio parecido a “Molino de viento” (que no es de lo más selecto de Las Palmas, que digamos), pero con muchos y grandes solares desolados, (válgame la expresión).

Crucé uno de estos grandes y profundos descampados y llegué a una dársena cubierta a la que entraba el mar (con aleta de tiburón amenazante incluido).  Debe ser que bajó repentinamente la marea, porque al volver a posar la vista, sólo había rocas húmedas que crucé hasta una puerta en el lado opuesto.

Cuando la traspasé, me encontré en el pasillo de un lujoso hotel en compañía de Lemy, el vocalista y bajista de Motorhead, (que, por cierto, era mucho más alto de lo que creía), y un joven guaperas con pinta de estrella del Heavy Rock. Ambos me hablaban en inglés mientras caminábamos en ambiente de cordialidad.

Después me vi en una zona más moderna de la ciudad. Había como un restaurante de ensaladas al aire libre, que disponía de una barra en la que nos sentábamos varios parroquianos a comer.

Uno de los camareros era mi hermano Luis, que nos sirvió lo que parecía ser una de las especialidades de la casa, en la que habían sustituido la lechuga por hojas de marihuana. Pedí una mixta. Tras servírmela, observo que Luis empieza a discutir con su jefe por unas intolerables condiciones laborales. Le reprochaba al dueño del establecimiento que se tirara el rollo de progre guay, pero que en realidad era un negrero capitalista.

Abandoné el lugar y me puse a caminar por esas calles, mucho más agradables que las anteriores, cuando recibí una llamada al móvil. Era mi compañera de trabajo Natalia, quien llorando me espetó: “estoy harta de ese imbécil, me voy a Canadá”. Así sin saber yo de qué imbécil hablaba y cogido completamente a contrapié, no supe qué decir, pero lo que se me ocurrió fue algo así como: “… no sé, pero irte a Canadá….que tienes dos hijas… que hay que pensarse bien las cosas….” Y no sé qué más dije.

Colgué y me fui a la parada a coger mi guagua, ahora tenía ante mí una bonita estampa en la que la luz del anochecer daba un color especial a una coqueta y pequeña estación, en cuyo exterior había mucha gente esperando. Ahí me enteré de que había perdido mi guagua. 

Un poco aturdido puse mi mente a trabajar para solventar el problema, cuando una suave música irrumpió en la escena subiendo poco a poco el volumen hasta despertarme. Eran las 6:20 y debía levantarme para ir a trabajar. Empecé a ducharme mientras recordaba este absurdo sueño.






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