Sin entender porqué, el conductor
decidió llevar su vehículo por una de las paredes de callao que separaba sendas
piscinas. La anchura de la misma era, a simple vista, insuficiente para la
circulación de ningún vehículo mayor que una bicicleta.
Así pues, pasó lo que tenía que
pasar, la guagua volcó hacia un lado e inmediatamente se inundó. Afortunadamente,
había poca profundidad. Pese a todo, me vi haciendo la reanimación cardiaca a
una mujer y a una niña, para lo cual usaba, sorprendentemente, apenas cuatro dedos de cada mano, con cada una de las infortunadas, situadas a diestra y siniestra, ante los asombrados ojos de otro de
los viajeros.
Quedando el asunto resuelto, me dirigí
a la salida, pero antes de llegar a la calle, entró un atracador que se
asemejaba mucho al protagonista de la serie “los hombres de Paco”, y sacó una
pistola con la que apuntó a la tripa de mi amigo José Miguel (arma que
fallaba y se le cayó torpemente), pero inmediatamente y con gran maestría, (sin duda adquirida a lo largo de toda una vida dedicada al crimen), sacó otra más pequeña con la
que amenazó a mi a migo y a mí. Nos vimos fuera y nos “invitó” el citado malhechor a
entregarle cuanto tuviéramos de valor. Yo tiré mi reloj, (que curiosamente,
apenas tiene valor), y no sé el porqué, comenzó a dispararme y yo a huir a la
carrera por un barrio parecido a “Molino de viento” (que no es de lo más
selecto de Las Palmas, que digamos), pero con muchos y grandes solares
desolados, (válgame la expresión).
Crucé uno de estos grandes y
profundos descampados y llegué a una dársena cubierta a la que entraba el mar (con
aleta de tiburón amenazante incluido). Debe
ser que bajó repentinamente la marea, porque al volver a posar la vista, sólo había rocas húmedas que crucé
hasta una puerta en el lado opuesto.
Después me vi en una zona más
moderna de la ciudad. Había como un restaurante de ensaladas al aire libre, que
disponía de una barra en la que nos sentábamos varios parroquianos a comer.
Uno de los camareros era mi
hermano Luis, que nos sirvió lo que parecía ser una de las especialidades de la
casa, en la que habían sustituido la lechuga por hojas de marihuana. Pedí una
mixta. Tras servírmela, observo que Luis empieza a discutir con su jefe por
unas intolerables condiciones laborales. Le reprochaba al dueño del
establecimiento que se tirara el rollo de progre guay, pero que en realidad
era un negrero capitalista.
Abandoné el lugar y me puse a
caminar por esas calles, mucho más
agradables que las anteriores, cuando recibí una llamada al móvil. Era mi
compañera de trabajo Natalia, quien llorando me espetó: “estoy harta de ese
imbécil, me voy a Canadá”. Así sin saber yo de qué imbécil hablaba y cogido completamente a contrapié, no supe qué decir, pero lo que se me ocurrió fue
algo así como: “… no sé, pero irte a Canadá….que tienes dos
hijas… que hay que pensarse bien las cosas….” Y no sé qué más dije.
Colgué y me fui a la parada a
coger mi guagua, ahora tenía ante mí una bonita estampa en la que la luz del
anochecer daba un color especial a una coqueta y pequeña estación, en cuyo exterior
había mucha gente esperando. Ahí me enteré de que había perdido mi guagua.
Un poco aturdido puse mi mente a
trabajar para solventar el problema, cuando una suave música irrumpió en la
escena subiendo poco a poco el volumen hasta despertarme. Eran las 6:20 y debía
levantarme para ir a trabajar. Empecé a ducharme mientras recordaba este
absurdo sueño.
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