la cosa está malamente

la cosa está malamente

03 noviembre 2013

"No está bien abrigado"


Supongo que a casi todos, en mayor o menor medida, nos da un sentimiento de culpa cuando pasamos al lado de un mendigo y no ponemos nada en su mano que pide. A mí también.

Inmediatamente aparecen en mí mecanismos de defensa que quieren justificarme el no hacerlo. Y lo hace de forma tan rápida que apenas percibo el proceso. Mi cerebro se pone a trabajar para convencerme de que nos soy un miserable, un tipejo insensible.

Sabemos que no todos están tan necesitados como dicen estar, que las más de las veces, cuando te dicen que les falta no se cuánto para la guagua, no será para eso. También que  a veces, son personas explotadas por mafias a las que enriquecemos con nuestra buena voluntad. Sí, a veces.

También pasará la idea (cierta, muy cierta), de que cada céntimo que ganamos proviene de levantarnos cuando aún es de noche, de tragar muchos sapos, de cansancio, de estrés, de pasar las hermosas horas del día en una oficina en lugar de bañándonos en el mar o mirando las nubes. Sí, y que puestos a dar, hay gente más cercana a la que también le vendría bien una ayudita.

Es cierto lo que decía el escritor Fernando Pessoa que “el exceso de conciencia inhabilita para la vida”. Es necesario alguna capacidad de no empatizar demasiado o viviríamos en una angustia permanente. Si nos torturáramos por cada injusticia, sencillamente, no podríamos vivir.

Bien, de acuerdo, pero si soy honrado, también sé que posiblemente guarde esa generosidad para más adelante, que gasto dinero en cosas absolutamente superfluas (no entro en si merezco un capricho o no), que con mafia o no, enfrente del trabajo hay un hombre pidiendo que se pone con un vaso y lo puedes ver en su mismo sitio, por la mañana, por la tarde, y quién sabe si por la noche. Sé que pocas personas pedirían si pudieran no hacerlo. También sé que por mal día que tenga, esa persona que pide está en peor situación que yo.

Hay casos en que resulta más que obvio que unas monedas son la diferencia entre comer ese día o no hacerlo.

Supongo que algo así como la suma de todo esto pasa en un microsegundo por mi cabeza ante el encuentro de un menesteroso, y quién sabe en base a qué, un día la balanza se inclina a dejar caer unas monedas y otro día no.

De todas las miles de ocasiones en que me he encontrado en esa encrucijada, la que más mala conciencia me ha producido me ocurrió en Madrid hace ya bastantes años.

Era diciembre y hacía mucho frío. Crucé la calle de Alcalá en un paso de peatones, y ahí, en una isleta del centro del asfalto había un hombre de rodillas con el brazo extendido. Llegué al otro lado y lo miré desde la acera. Allí estaba, inmóvil con sus manos sucias e hinchadas. Unos pantalones y una cazadora roñosa. Yo podía entrar en un local con calefacción, él no. Yo estaría poco tiempo en la calle, él quizá estaría horas y horas, si no toda la vida.

Cuando me fui se me quedó una frase martilleándome una y otra vez en la cabeza: “No está bien abrigado". Y yo sí lo estaba.

Y cada vez que me acuerdo de ese hombre me siento mal, porque no hice nada.



Un mendigo corre tras el carruaje del rey Jorge V. Inglaterra. 1920



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