Supongo que a casi todos, en
mayor o menor medida, nos da un sentimiento de culpa cuando pasamos al lado de
un mendigo y no ponemos nada en su mano que pide. A mí también.
Inmediatamente aparecen en mí
mecanismos de defensa que quieren justificarme el no hacerlo. Y lo hace de
forma tan rápida que apenas percibo el proceso. Mi cerebro se pone a trabajar
para convencerme de que nos soy un miserable, un tipejo insensible.
Sabemos que no todos están tan necesitados como dicen estar, que las más de las veces, cuando te dicen que les falta no se cuánto para la guagua, no será para eso. También que a veces, son personas explotadas por mafias a las que enriquecemos con nuestra buena voluntad. Sí, a veces.
También pasará la idea (cierta,
muy cierta), de que cada céntimo que ganamos proviene de levantarnos cuando aún
es de noche, de tragar muchos sapos, de cansancio, de estrés, de pasar las
hermosas horas del día en una oficina en lugar de bañándonos en el mar o mirando
las nubes. Sí, y que puestos a dar, hay gente más cercana a la que también le
vendría bien una ayudita.
Es cierto lo que decía el escritor Fernando Pessoa que “el exceso de conciencia inhabilita para la vida”. Es necesario alguna capacidad de no empatizar demasiado o viviríamos en una angustia permanente. Si nos torturáramos por cada injusticia, sencillamente, no podríamos vivir.
Sabemos que no todos están tan necesitados como dicen estar, que las más de las veces, cuando te dicen que les falta no se cuánto para la guagua, no será para eso. También que a veces, son personas explotadas por mafias a las que enriquecemos con nuestra buena voluntad. Sí, a veces.
Es cierto lo que decía el escritor Fernando Pessoa que “el exceso de conciencia inhabilita para la vida”. Es necesario alguna capacidad de no empatizar demasiado o viviríamos en una angustia permanente. Si nos torturáramos por cada injusticia, sencillamente, no podríamos vivir.
Hay casos en que resulta más que obvio que unas monedas son la diferencia entre comer ese día o no hacerlo.
Supongo que algo así como la suma de todo esto pasa en un
microsegundo por mi cabeza ante el encuentro de un menesteroso, y quién sabe en
base a qué, un día la balanza se inclina a dejar caer unas monedas y otro día no.
De todas las miles de ocasiones en
que me he encontrado en esa encrucijada, la que más mala conciencia me ha
producido me ocurrió en Madrid hace ya bastantes años.
Cuando me fui se me quedó una
frase martilleándome una y otra vez en la cabeza: “No está bien abrigado". Y yo
sí lo estaba.
Y cada vez que me acuerdo de ese
hombre me siento mal, porque no hice nada.
| Un mendigo corre tras el carruaje del rey Jorge V. Inglaterra. 1920 |
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