Seguramente si me tocara el euromillón compraría cosas que me hicieran la vida más cómoda. Un diamante, un rolls, un grifo de oro, un original de Dalí, no me harán sentirme mejor. Una piscina para hacer natación, un diván cómodo, una casa grande, cosas así me harán la vida más agradable, pero comprándolas no podría evitar pensar que soy un frívolo insensible.
Supongo que sigue arraigada en mí la influencia de esa parte de la moral cristiana que contempla como virtud el ascetismo. O simplemente, tengo el deseo de no ser un estúpido consumista.
Por
un lado quisiera quitármelo (en parte), para poder disfrutar de las
cosas, y por otro, sé que quiero tenerlo para no convertirme en un
monstruo.
El sentimiento de culpa es algo que probablemente me acompañe el resto de mi vida. Lo curioso es que si lo pienso de forma racional, aparece un sentimiento más ambiguo.
Como todo, será una cuestión de equilibrio. Aunque creo que el mundo es duro y que la felicidad como estado permanente es un mito, precisamente, por eso, pienso que debemos exprimir lo bueno que también nos regala la vida. ¿Es eso malo/bueno?, ¿me convierte en un inconsciente?, ¿me debo permitir algún lujo?.
Tiene que haber algo menos radical que ser un anacoreta o un shadu. Pero ellos tienen una motivación religiosa, que les promete un premio más allá. Y ya hallan una recompensa en hacer lo que creen que es mejor para su alma y la de la humanidad.
Sea lógico o no, el mecanismo del juicio a mí mismo dice que si disfruto de bienes materiales, eso va a conllevar que otro disfrute menos o incluso que otro lo pase mal, porque el dinero que gasto en mi placer debería haberlo dedicado a procurar de lo necesario a los menesterosos.
Estoy tratando de librarme un poco, (sólo un poco) de él. Creo que todo el mundo tiene derecho a disfrutar aveces, a regalarse algo, al menos a rozar el lujo alguna vez, compaginado esto con el deber de hacer lo posible por los demás, o al menos, vivir intentando no hacer daño (ni a personas ni al medio ambiente, que no es poco).
No termino de creerme este discurso del párrafo anterior, me suena a autojustificación. De hecho, incluso, tener la sospecha de que esta construcción reflexiva pueda servir para permitirme algunas liviandades, me genera sentimiento de culpa.
Me gusta. Experimento algo parecido en muchas ocasiones. En mi caso no se debe a reminiscencias del pensamiento cristiano (¿o sí?) sino a convicciones profundas sobre sostenibilidad y sobriedad. Sea por lo que fuere, siempre es bueno advertir lo pernicioso del consumismo exacerbado.
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