la cosa está malamente

la cosa está malamente

22 marzo 2015

La primera (y única) vez que entré en un cine X

Resultado de imagen de sala xAntes que pasar al relato de ese día, habría que contextualizar la historia en la época en cuestión. En aquel entonces, no había centros comerciales ni multicines. Lo que había era diversas salas de cine repartidas por toda la ciudad, con nombres como: "Sol", "Rex", "Avellaneda", "Rialto", "Carvajal", "Capitol", "Royal Cinema", "Avenida", "Cuyás", "Bahía"...

Todos ellos terminarían desapareciendo, y en algunos casos, antes de cerrar se pasaban al cine "Clasificado S" (erótico), y en algún caso, directamente al cine "X", como en el del "Carvajal".

Y en cuanto a mi propia contextualización personal. La cosa ocurrió en una remota época de mediados de los 80. Posiblemente acababa de alcanzar la mayoría de edad, pero no te lo puedo asegurar.

Ni que decir tiene que en aquel momento se unieron en forma de un cóctel fatal la ebullición hormonal propia de la edad con la arrebatadora curiosidad que emana siempre de lo prohibido.
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Pues adelante con los hechos: En aquel entonces yo no era, precisamente, un lanzado, sino todo lo contrario. Por eso, a mis ojos actuales veo como un auténtico ejercicio de crecimiento personal que me hubiera atrevido a ir al "Carvajal". No sé muy bien porqué, fui solo.

Me presenté en el lugar de los hechos en un mar de dudas y repleto de sonrojo, yendo calle arriba y abajo sin atreverme a dar el definitivo paso. Supongo que si alguien se hubiera fijado en mí, me creería un perturbado caminando sin tino alguno.

En un arrebato de valor, entré en el mencionado establecimiento y me presenté ante el taquillero. Un hombre de elevada edad que me miró fijamente durante unos segundos que me parecieron una eternidad. 

Seguramente pensaba que no tendría la edad mínima legal, pero que una entrada es una entrada, así que bajó los ojos y aceptó el dinero.

Entré en la sala a oscuras y por las luces que emitía la pantalla, era evidente que éramos muy pocos los parroquianos allí congregados en el templo del vicio.

Así pues, me senté más o menos al fondo, con la comodidad de saber que había un montón de sitios vacíos a mi alrededor.

La película estaba bastante avanzada, pero sabía que el argumento no es esencial en este tipo de filmes, así que no era importante lo de no enterarme de la trama.

Recuerdo muy poco de la película: que era italiana, la imagen de un Fiat 127, varios sujetos aplicados a su oficio sin quitarse el casco de motorista, y que debió ser una de las peores películas exhibidas jamás en una sala de cine.

Bien es cierto que los amantes del género no se distinguen por una gran exigencia técnica, pero tampoco es de recibo que el director se tomara con tanta ligereza las normas básicas del séptimo arte: la tonalidad del filme era indefinida, a medio camino entre el color y el blanco y negro, la cámara se desenfocaba continuamente y los actores y filmadores parecían molestarse mutuamente. En definitiva: un bodrio como una catedral.

Pero apenas tuve tiempo de hacer estas valoraciones porque de manera abrupta terminó la película (no creo que a nadie le importaran los créditos, así que se los ahorraron), y se encendieron las luces.

Resultado de imagen de sala xLa repentina interrupción de la privacidad hizo que un hombre sesentón que tenía varias filas por delante de mí diera un repentino respingo sobre su asiento. De repente, a los congregados nos atenazó una especie de tortícolis colectiva, pues parecíamos querer saber si había en la sala algún conocido que reconociera nuestra debilidad, pero sin atrevernos a mirar a la cara a nadie. (Era absurdo, si hubiera alguien conocido como mínimo sería tan "pervertido" como yo mismo).

La razón de la iluminación estriba en que la película se exhibía en "sesión continua". Esto es, que había que rebobinar la película hasta que se pudiera emitir de nuevo. Como eran películas de rollo, esa operación llevaba unos incómodos minutos en realizarse. 

Superados éstos, volvimos al abrigo de la cálida oscuridad a la sala, pero ya pensé que había sido suficiente. Me salí corriendo del cine con el azoramiento añadido de que alguien me pudiera haber visto salir de semejante antro.

Recuerdo que las sensaciones que me atenazaban eran tremendamente negativas: muchos nervios pasados, una profunda sensación de culpa, el sonrojo clavado en el alma (muy sucia, por otra parte). En definitiva: tanto mal rato para semejante experiencia.

Y así me fui con las manos en los bolsillos y mirando al suelo, callejeando, camino de casa.





1 comentario:

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